domingo, diciembre 03, 2006

(sin titulo)

I
Ellos.
(Yo, ustedes, vosotros)
Ellos
(Nosotros nunca)
Te miraban llover, letra a letra de naturaleza.
Calladitos pero contentos fingían escucharte alrededor del fuego. Y vos les dijiste, les juraste y les lloviste esa lluvia. Se sonrieron por compromiso, y miraron para otra parte, como siempre. Pero vos seguiste de pie ahí desconcertado, como un idiota.
Tonto. Deberías haberlo sabido. No podes ser tan inocente. Mejor por las dudas, desconfía. De todo y de todos, Porque en esta selva manda la ley del más sordo. Unpasodospasostrespasoscuatropasos. Rápidos, concisos. Pasos que nunca se detienen a escuchar la música, a leer las pintadas o mirar el cielo. Menos si es de noche y hace frío. Caminan por las calles rigurosos, de escrupuloso mutismo negro. Chocan, se contonean y se buscan, sin pensarlo, en abstracto. Una, mil, millones de veces por día, pero fugaces desvían la mirada, pretenden que nunca el encuentro.
Las causalidades emocionan en las películas y las novelas. Enternecen las postales y las leyendas de amor. Pero en la vida “real” de cada día, asustan. Tené miedo, de todo y de todos. Por las dudas, tené miedo.

II
27 agujas, una hoja en blanco y esta ventana tan inmóvil. Nadie más. En el final toda esta fiebre no es más que solo eso. Una maquina de escribir con teclas de alfiler, la sangre de los dedos sobre la página, la maquina, la sangre, los dedos, la pagina. Mentira.
Respiro, Escribo, Deliro, Miento. No me crean. Cuando escribo, miento. Reconstruyo con mentiras ese espacio y ese tiempo que quisiera. Le miento al que me lee, al que me escribe y al que me hace. Miento ¿luego existo?
Pero pienso dejar de mentirme algún día. Y Ese día, el sol se va a caer muy fuerte contra el suelo. Y nadie (créanme) va a estar ahí para ayudarme con los pedazos

III

Oscura. La selva está inquieta y oscura, Un enjambre de ojos brillantes y amarillos de pantera asesina acechan. Observan, calculan, exigen amenazantes. ¡Que la afonía se prolongue hasta después del crepúsculo!
Nace en el pecho el calor de la imposibilidad, las ganas de que en la garganta se esclarezca una antitesis repentina, inescrupulosa de artífice. Entonces paso en falso. De nuevo atascado en el lugar común. Los círculos de papel, el humo, y el brillo ámbar terrible de esos ojos felinos que me reprochan esta alevosía. Bajo la cabeza y vuelco “El silencio también es quietud”. Hasta que me agarren ganas de cantar de nuevo. Cantando solo me hago daño a mi mismo. El atentado perfecto. Nadie podría culparme.

IV

Entonces entro al shopping, y me olvido de todo. De todos. Afuera hace frío, hace tiempo, y es de noche. La calle es como una jungla oscura pero yo ya no temo acá, detrás de estas paredes blancas y resplandecientes, al calor de esta noche de neones luminosos que encandila, pero ampara. La gente alrededor hace de cuenta que se escucha, que se entiende. ¡Que graciosos que son! Hablando todos al mismo tiempo en anagramas de bebé, riéndose con espasmo de la nada, de nadie. Pero yo me olvido de todo acá. Del frío, de la calle, de la noche, de esos ojos amarillos tan furtivos y del tiempo. Hasta de respirar me olvido. Eso es lo único peligroso de los shoppings, uno se olvida hasta de respirar. A veces alguien te hace acordar pero es tan raro…
La gente también suele olvidarse de la gente y casi nunca se acuerda. Por eso el piso esta lleno de cuerpos y de asfixia. Y como mejor prevenir que curar (tener miedo, por las dudas tener miedo), siempre llevo atado al dedo un cordoncito rojo. Para acordarme. De respirar, y de la gente, y de la calle, y del tiempo, y de todo y de todos. No sea cosa que me muera en un shopping y nunca nadie me encuentre.
No sea cosa que nadie me encuentre nunca.
No sea cosa que nadie
No sea cosa que nunca
No sea cosa que nunca nadie.
No sea cosa que nadie nunca
No sea cosa

(no sea cosa)

V

Pero no cantar como en susurros. Como si no quisiera, como si le tuviera aprensión al canto. Cantar como efervescencia de mar en los labios, como grito ineludible en cada estrofa.
Cantar para que todos me escuchen y me sepan. Y se rían o se enojen, y después de ese instante la nada de nuevo. Pero después, ¿Que importancia tiene el después? Lo que importa es el ahora, el canto que como arena se escurre entre las manos. El amor parece eterno mientras dura. Lo demás ni siquiera eso.
Y yo salgo a la calle y canto, y me sigo olvidando de todo. De la calle, del miedo y de los ojos amarillos. Del amor, del canto y del olvido, porque sino ya no canto, me quedo mudo, de la rabia de saber que cantando, no cambio nada. Por eso lloro cuando no canto. Porque el silencio también es quietud, y a mi me queda más linda la enajenación que el mutismo. No pretendo, ni ignoro, me invento. Porque soy lo que canto y porque canto lo que soy, hasta que ya no cante. O ya no sea. Que no es lo mismo, aunque eso me gusta creer.

VI

Por eso el río. Secreto y turbio este río. Que esta muy sucio y huele a podrido, pero yo me tiro igual. A ver si de tanto veneno por los poros, el pez agrio de un horizonte nuevo, la espuma escarlata de un corazón distinto, florecen por mi boca. Por eso vos también. Tirate. Pero no te dejes llevar. Tirate y nadá. Que la distancia sea barco pero que ya no vuelvas nunca. Después escribí. Escribíme. Y entonces nos decimos y nos amamos y nos morimos de la risa. Que el silencio también es quietud y el amor parece eterno mientras dura.

(Lo demás ni siquiera eso)

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